anuario
¿dónde estabas ese año que nevó?
cuando enterramos a papá
en silencio,
llorando,
abrazando a los amigos
con vergüenza
por las lágrimas y el descontento
de soltar al ser querido que se va
sin avisarte,
que se convierte en una mancha más
de la hoja inmaculada
de la recepción de la morgue
del centro gallego de Buenos Aires,
en el pedazo de una anécdota
de los tenistas
que juegan a doscientos metros
del entierro
en el club tenis Leloir,
y mientras ven pasar los autos
muy lustrados y puestos en fila,
dicen: “¿viste que ahora usan
Citroën C4 para los cortejos?
Qué lindo el C4”.
¿Dónde estabas
cuando los supermercados
empezaron a traer
harina integral,
algas nori,
y salsa de soja;
cuando las nubes servían tormentas
cada tres días,
cuando llegué en pedo
y le hice un bollo al lavarropas
estacionando el auto en el garaje
que también era lavadero,
el año que reventé
la correa de distribución
de un Suzuki Fun alquilado
camino a Villa Traful.
Dónde estabas la mañana
que conocí a la
predecesora de tu predecesora,
pálida,
vestida de Zara,
muerta de frio
en una sala de espera.
Dónde estabas cuando el Andy
hizo mierda
la criolla contra el piso
porque lo había dejado la novia.
Dónde estabas ese día que nevó
y mi padrino,
recontra pasado,
quiso enfriarme el whisky
con el hielo percudido
de su parabrisas
después de un asado.
¿dónde habías ido de vacaciones ese año?
¿ya se drogaba tu hermana?
¿seguías con ese novio
que te cagó
con medio Bellavista?
el de la nieve digo yo,
el año que cursé filosofía del lenguaje
y decidí que eso
no era lo mío.
El del mes de mayo
con catorce vuelcos
en el acceso oeste.
Ese año.
¿dónde estabas ese año que nevó?
¿te faltaba mucho
para terminar la carrera?
¿ya te animabas
a ir al cine sola?
¿ya sabías
lo que te gustaba?
Quiero acordarme
con quiénes iba
al Cuartito ese año,
porque no íbamos siempre
los mismos.
Me quiero acordar
de todas las veces
que pedíamos
una grande de provolone
con Guido, Mauro o Andrea
y después íbamos al
Ripper a tomar una cerveza,
y ellos me buscaban
para que les dijera cómo estaba,
para que hablara,
suponiéndome la tristeza
de la perdida reciente,
aunque nunca decía nada
por lo concienzudo,
miedoso,
y antojadizo que era,
porque ese año
ya no podía ser peor
y no me interesaba hablar
de eso.
Pero vos,
decime,
ese año:
¿en qué andabas?
¿cuál era tu Stone favorito?
el año de Carla Bruni y Sarkozy,
el de los recitales
en Niceto,
el de las seis horas
en el call center
diciendo:
“thank you for calling Sprint
now together with Nextel”,
ese año que nos nevó
en la plaza,
en la cama,
en las sabanas,
en el auto,
en la playa,
en la cara,
¿cómo manejabas
tus espacios de dolor?
¿a dónde querías viajar?
¿qué pedías en un bar
si salían a tomar algo
vos y tus amigas?
¿ya habías aprendido a pronunciar
“güelbek”?
¿qué cosas no te animabas a decir?
¿con quién podías hablar?
El año ese
que tuvimos la sensación
de que las heridas no iban a parar
de supurar nunca.
El de las salas de espera,
las radiografías de tórax,
y los chequeos a conciencia.
¿Dónde estabas ese año que nevó
en mi posadolescencia?
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